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EL PAQUETE Tatiana Beca Osborne

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Nerviosita perdida llevo tres días esperando el paquete que desde que nos pusieron en cuarentena estoy que no me aguanto yo que ya me había acostumbrado a mi Javi porque quien me iba a decir a mí a mis sesenta y tantos no os digo la edad exacta para que no os asustéis que me iba a salir un novio veinte años mas joven bueno veinticinco bueno treinta ¡Y qué más da a quién le importa con quien me acueste yo vamos a mi edad voy a dar explicaciones! y bien que me echa de menos estos días cuatro semanas llevamos ya sin darle a la mandanga ja ja ja que me meo de la risa solo de acordarme de las cosas que me hace mi Javi ¡que paquetito el de mi Javi me tiene más contenta! aunque yo soy una mujer muy independiente cómo no iba a serlo después de criar a tres machos yo solita así que le he buscado sustiputo ja ja ja y ya está subiendo el de correos que también se gasta un buen paquete con mi regalito uno que me he hecho a mí misma para alegrarme el confinamiento llama al timbre pero no le abro n…

DE PASO POR LONDRES Laura Kauer

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¿Qué te pareció Londres de noche la primera vez que la viste en sus ojos hace más de treinta años? ¿Te gustó más o menos sabiendo que tenías menos de dos días para compartirlo con él? ¿Sentías orgullo guiándolo con tu poco inglés, infinito frente al suyo que era inexistente? O, al contrario, verlo tan empapado esperándote en King’s Cross, tan ajeno en un impermeable prestado, ¿te hizo empezar una cuenta regresiva hasta el día que tomarías el vuelo de retorno? No puedo pensar en otra cosa, metida en este cubo frío de vidrios empañados que es el colectivo 390 atravesando Islington. Te veo con tus veintes recién cumplidos y es como mover muñecos de papel en mi cabeza. Tengo una o dos fotos anaranjadas de edad en mente y tu cara mirando derecho al fotógrafo no quiere doblarse a la memoria. Solo me queda reimaginarte y reimaginar tus manos desafiantemente escondidas dentro de los bolsillos de tu campera. Miro a mi alrededor y te sobrepongo a todas las mujeres que veo, la de al lado mío apur…

EL ACANTILADO Javier García Durán

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Antes había veces que me hubiera gustado poder echar a volar y dejarlo todo. Huir, quitarme de en medio y escapar de mis propios traumas y miedos, a los que no sabía cómo combatir, ni cómo superarlos, acabar con mis frustraciones. Pero no podía, me sentía incapaz. Estaba como enjaulado. Algo dentro de mí controlaba esos miedos y tenía mis sueños a mal recaudo. Me sujetaba las alas. Podía ser depresión, temor a lo desconocido, falta de coraje y convicción… Pero yo estaba convencido que era vértigo. Tenía todos los síntomas: temblores, mareos, náuseas, sensación de que todo a mi alrededor se tambaleaba y una irremediable sensación de que me iba a caer al vacío en cualquier momento. A pesar de ese vértigo que os cuento, no podía evitar acercarme a los acantilados. Era una atracción contradictoria, pues el miedo a caerme estaba ahí, pero también el placer de disfrutar de las vistas desde lo alto, los atardeceres, el mar, la luz, la brisa marina que te acaricia, la fusión de colores de los …

SÁBADO DE MERCADO María Victoria Cristancho

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Las papas estaban organizadas por orden de tamaño, las chiquitas al frente, mientras los tomates formaban una pirámide desbalanceada y una generosa piña estaba rodeada de naranjas, manzanas y un amarillo racimo de bananas. Lea y Aida se sentían satisfechas y estaban seguras de que si lograban vender todo podrían regresar a casa y reencontrarse con su mamá. No recordaban cuánto tiempo llevaban allí paradas, bajo ese sol sabatino, caluroso y húmedo. La última vez que habían visto a su madre, ella estaba trenzada en una ininteligible discusión con el vendedor de pescado. Ellas la seguían con la mirada, pero de repente había quedado fuera de su vista, tapada por la multitud que por momentos se atravesaba como en caravana.¿Cuánto tiempo había pasado? No tenían idea, cinco minutos, una hora… Ambas tenían miedo, pero Lea más que Aida. Cuando Lea le tomó la mano tan duro como pudo a su hermana y le declaró su temor, Aida entendió que ella debía mostrarse más fuerte, aunque le revolotearan esos…

A SOLAS Karmel Almenara

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Suave, cálida, mullida, como aquella vez que agarré tu mano con los guantes puestos de camino a la escuela. Mis dedos desnudos, largos y llenos de terminaciones nerviosas, se hunden en una sedosa superficie que lo cubre todo, como la de la gata de angora, aquella a quien un coche arrancó de este mundo antes de lo previsto. Te encantaba aquella gata y te sentiste culpable de su destino. Noto la sensación de calor de su cuerpo atravesando las yemas de mis dedos, una agradable sensación que reconforta mis manos frías y cansadas de toda la semana. Los pliegues de su jersey morado, con su tersa superficie de lana fina, parecen montañas dibujadas por el boli de una niña. Y en mi cabeza, llena de los mil pensamientos de un sábado tan diferente y tan como otro cualquiera, las imágenes en sepia, recuerdos de un pasado reescrito y siempre más agradable, se mezclan con la sonrisa estúpida de adolescente que aún sigue en mí, pese a tantos años y vivencias, pese a no poder darte la mano al ir al …

EL CUCHILLO DE MANGO AZUL María Victoria Cristancho

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Había ejecutado el mismo procedimiento desde hacía más de diez años. Se aseguraba de que él no estuviese cerca y el resto era casi automático. Sacar el pequeño frasco del fondo de la alacena, abrir el envase, tomar una de las diminutas pepitas, ponerla en la tabla de cortar las verduras. Luego sacaba el mismo cuchillo de mango azul marino del cajón de los cubiertos . Clack, clack, clack, y la pastilla cedía a la presión del metálico instrumento hasta hacerse polvo. Pero un día Pablo había entrado a la cocina sin que Manuela se diera cuenta de su presencia. Ella tenía el cuchillo en la mano y la pastilla lista en la tabla. El instante se repetía en la mente de Manuela como una escena fílmica. Ahora era lunes, afuera estaba lloviendo con esa forma pertinaz del verano tardío. Había pasado un tenso y lento fin de semana. Había intentado refugiarse en el televisor, con el control iba pasando canales de manera automática. Veía el teléfono cada minuto. Pero nada, no había nada. Ella sabía qu…

BICHITOS DE LUZ Laura Kauer

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No era el jardín de un vecino. Tampoco era el terreno empinado de la casa de vacaciones en Carlos Paz. La memoria se oscurecía o iluminaba de a ratos, pero ella podía aún sentir el pasto húmedo recién cortado debajo de la mesa y el sudor frío de los vasos mientras los adultos dejaban pasar las horas hablando. Era un domingo de verano cualquiera. Lo sabía por el olor a asado y el ruido de las palomas revoloteando por los tanques de agua. Lo sabía porque lo único que le había permanecido realmente nítido era su hermana resoplando igual de aburrida que ella. Del otro lado de la mesa, entre botellas de vino, Terma y los tenedores cansados, se asomaban apenas el flequillo y los ojos de su hermana. Los domingos aún no tenían el sabor amargo del día antes de un lunes de trabajo. En vez de eso, avanzaban lentamente mientras su hermana y ella buscaban todas las formas de escaparse de sus sillas de plástico blanco. Lo único que les preocupaba era si las dejarían ver televisión y si alguien las v…