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CAFÉ INTENSO Javier García Duran

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Aunque apenas medio metro separaba a ambos en aquel antipático despacho, sólo se miraban por el rabillo del ojo. Muy de vez en cuando uno de los dos tosía tímidamente, como para aclararse la garganta, pero al final ninguno decía nada. Permanecían sentados, en silencio e inmóviles. Cada uno en una silla, a un lado de la mesa. Al otro se sentaba el abogado, también callado y con la cabeza gacha mirando un tocho de aburridos papeles grapados. Sólo la levantaba para mirar de vez en cuando su taza de café, al que le daba vueltas con una cucharilla para enfriarlo y disolver un azucarillo.Al menos tenían el consuelo de que no eran plenamente responsables de aquella ruptura. Él tenía una hermana. Ella tenía un hermano. Y cuando éstos irrumpieron en la vida de la pareja, su relación se derrumbó trágicamente como un castillo de arena en la playa que los hermanos siniestros habían derribado. Realmente, pensó en ese momento él sin evitar que una sonrisa amarga se dibujara en su boca, esa fue la v…

A MEDIANOCHE Ana Isabel Frisholm

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Parada en la puerta, recordé que la última vez que había entrado en un casino fue el día en que lo perdí todo. La noche fría, las luces de los taxis encandilando mis ojos, los pitos del tráfico, el ruido del vaivén de las puertas giratorias. Los pasos de los zapatos de tacón y los abrigos largos, las risas, el olor a cigarrillo. Yo sentada en la orilla del andén con el maquillaje corrido por mis ojos ahogados en llanto. ¡Ya que más daba! Y esa fue la noche en que vi por primera vez a Sven, cuando él apareció a rescatar a su hermano del mismo hueco en el que estaba yo. Ese día él se acercó y me salvó, y yo le juré nunca más jugar.Pero le fallé. Me fallé a mí misma. No sé cómo pasó, no sé en qué momento sucedió. Sólo sé que pensé en Sven, en mi amor incondicional. En lo mucho que lo he querido y lo feliz que he sido con él. Supe que lo que hacía lo hacía por él, pero también supe que le había fallado.Todo empezó con aquella llamada.A media noche había sonado el teléfono con insistencia;…

EL PAQUETE Tatiana Beca Osborne

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Nerviosita perdida llevo tres días esperando el paquete que desde que nos pusieron en cuarentena estoy que no me aguanto yo que ya me había acostumbrado a mi Javi porque quien me iba a decir a mí a mis sesenta y tantos no os digo la edad exacta para que no os asustéis que me iba a salir un novio veinte años mas joven bueno veinticinco bueno treinta ¡Y qué más da a quién le importa con quien me acueste yo vamos a mi edad voy a dar explicaciones! y bien que me echa de menos estos días cuatro semanas llevamos ya sin darle a la mandanga ja ja ja que me meo de la risa solo de acordarme de las cosas que me hace mi Javi ¡que paquetito el de mi Javi me tiene más contenta! aunque yo soy una mujer muy independiente cómo no iba a serlo después de criar a tres machos yo solita así que le he buscado sustiputo ja ja ja y ya está subiendo el de correos que también se gasta un buen paquete con mi regalito uno que me he hecho a mí misma para alegrarme el confinamiento llama al timbre pero no le abro n…

DE PASO POR LONDRES Laura Kauer

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¿Qué te pareció Londres de noche la primera vez que la viste en sus ojos hace más de treinta años? ¿Te gustó más o menos sabiendo que tenías menos de dos días para compartirlo con él? ¿Sentías orgullo guiándolo con tu poco inglés, infinito frente al suyo que era inexistente? O, al contrario, verlo tan empapado esperándote en King’s Cross, tan ajeno en un impermeable prestado, ¿te hizo empezar una cuenta regresiva hasta el día que tomarías el vuelo de retorno? No puedo pensar en otra cosa, metida en este cubo frío de vidrios empañados que es el colectivo 390 atravesando Islington. Te veo con tus veintes recién cumplidos y es como mover muñecos de papel en mi cabeza. Tengo una o dos fotos anaranjadas de edad en mente y tu cara mirando derecho al fotógrafo no quiere doblarse a la memoria. Solo me queda reimaginarte y reimaginar tus manos desafiantemente escondidas dentro de los bolsillos de tu campera. Miro a mi alrededor y te sobrepongo a todas las mujeres que veo, la de al lado mío apur…

EL ACANTILADO Javier García Durán

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Antes había veces que me hubiera gustado poder echar a volar y dejarlo todo. Huir, quitarme de en medio y escapar de mis propios traumas y miedos, a los que no sabía cómo combatir, ni cómo superarlos, acabar con mis frustraciones. Pero no podía, me sentía incapaz. Estaba como enjaulado. Algo dentro de mí controlaba esos miedos y tenía mis sueños a mal recaudo. Me sujetaba las alas. Podía ser depresión, temor a lo desconocido, falta de coraje y convicción… Pero yo estaba convencido que era vértigo. Tenía todos los síntomas: temblores, mareos, náuseas, sensación de que todo a mi alrededor se tambaleaba y una irremediable sensación de que me iba a caer al vacío en cualquier momento. A pesar de ese vértigo que os cuento, no podía evitar acercarme a los acantilados. Era una atracción contradictoria, pues el miedo a caerme estaba ahí, pero también el placer de disfrutar de las vistas desde lo alto, los atardeceres, el mar, la luz, la brisa marina que te acaricia, la fusión de colores de los …

SÁBADO DE MERCADO María Victoria Cristancho

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Las papas estaban organizadas por orden de tamaño, las chiquitas al frente, mientras los tomates formaban una pirámide desbalanceada y una generosa piña estaba rodeada de naranjas, manzanas y un amarillo racimo de bananas. Lea y Aida se sentían satisfechas y estaban seguras de que si lograban vender todo podrían regresar a casa y reencontrarse con su mamá. No recordaban cuánto tiempo llevaban allí paradas, bajo ese sol sabatino, caluroso y húmedo. La última vez que habían visto a su madre, ella estaba trenzada en una ininteligible discusión con el vendedor de pescado. Ellas la seguían con la mirada, pero de repente había quedado fuera de su vista, tapada por la multitud que por momentos se atravesaba como en caravana.¿Cuánto tiempo había pasado? No tenían idea, cinco minutos, una hora… Ambas tenían miedo, pero Lea más que Aida. Cuando Lea le tomó la mano tan duro como pudo a su hermana y le declaró su temor, Aida entendió que ella debía mostrarse más fuerte, aunque le revolotearan esos…

A SOLAS Karmel Almenara

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Suave, cálida, mullida, como aquella vez que agarré tu mano con los guantes puestos de camino a la escuela. Mis dedos desnudos, largos y llenos de terminaciones nerviosas, se hunden en una sedosa superficie que lo cubre todo, como la de la gata de angora, aquella a quien un coche arrancó de este mundo antes de lo previsto. Te encantaba aquella gata y te sentiste culpable de su destino. Noto la sensación de calor de su cuerpo atravesando las yemas de mis dedos, una agradable sensación que reconforta mis manos frías y cansadas de toda la semana. Los pliegues de su jersey morado, con su tersa superficie de lana fina, parecen montañas dibujadas por el boli de una niña. Y en mi cabeza, llena de los mil pensamientos de un sábado tan diferente y tan como otro cualquiera, las imágenes en sepia, recuerdos de un pasado reescrito y siempre más agradable, se mezclan con la sonrisa estúpida de adolescente que aún sigue en mí, pese a tantos años y vivencias, pese a no poder darte la mano al ir al …