SÁBADO DE MERCADO María Victoria Cristancho

Las papas estaban organizadas por orden de tamaño, las chiquitas al frente, mientras los tomates formaban una pirámide desbalanceada y una generosa piña estaba rodeada de naranjas, manzanas y un amarillo racimo de bananas. Lea y Aida se sentían satisfechas y estaban seguras de que si lograban vender todo podrían regresar a casa y reencontrarse con su mamá. No recordaban cuánto tiempo llevaban allí paradas, bajo ese sol sabatino, caluroso y húmedo. La última vez que habían visto a su madre, ella estaba trenzada en una ininteligible discusión con el vendedor de pescado. Ellas la seguían con la mirada, pero de repente había quedado fuera de su vista, tapada por la multitud que por momentos se atravesaba como en caravana. ¿Cuánto tiempo había pasado? No tenían idea, cinco minutos, una hora… Ambas tenían miedo, pero Lea más que Aida. Cuando Lea le tomó la mano tan duro como pudo a su hermana y le declaró su temor, Aida entendió que ella debía mostrarse más fuerte, aunque le re...