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CÓMO CONTAR MI HISTORIA Tilsa Azarret

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  Nunca sentí el “abismo de la hoja en blanco”. Nunca, claro, porque siempre escribí contando historias de otros o inventándolas. Pero ahora que quiero contar mi propia historia se me hace verdaderamente difícil encontrar el comienzo. Según mi profesor del taller literario, un cuento tiene que tener al inicio un amarre, un enganche que suscite en el lector las ganas de saber qué fue lo que pasó a partir de que mordió el anzuelo. Entonces empiezo mí historia diciendo: El murió una mañana. Y aún no sabemos por qué. Pero claro, si empiezo así, quedará deslucida nuestra historia de amor pues ya todos sabrán desde el inicio, que fue una historia inconclusa o la leerán sin alegría y sin disfrute sabiendo que tuvo un final tan tremebundo. Quizá lo mejor es que empiece contando por orden cronológico, desde el primer momento en que nos vimos, cómo vivimos ese amor y cuándo se terminó. Porque se terminó antes de que la muerte apareciera. Después se reinició y al final sí, se terminó

MEMORIAS María Victoria Cristancho

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  Timoteo se había adelantado a la cita. Sabía que a Nubia le reventaba llegar primera. Por la mañana, antes de irse a trabajar, cuando ella todavía dormía, le había dejado la nota en su mesita de noche. Y no quería que este encuentro, que él había decidido -con dolor- que fuera su última vez, se empañara con una nimiedad como la de llegar tarde. “¡Qué ironía, tener que pedirle una cita a la mujer con la que se ha vivido por veinticinco años y con la que se comparten tres hijos y dos nietos!”, se dijo para sus adentros mientras preparaba la escena.  Quería que al menos esa ocasión fuese perfecta. Así que buscó la pila de leña seca, que estaba en el cobertizo. Escogió los trozos más robustos para garantizar una buena fogata. Ya en la chimenea usó el iniciador y, sin mucho esfuerzo, las primeras llamas comenzaron a abrazar la madera.  Nubia llegó a la hora señalada, 8pm, ni antes ni después .  Esa certeza sobre esta mujer de vivos ojos negros que brillaban a la luz de las llamas er

LA HERENCIA Tilsa Azarret

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  Llovía esa tarde, y a eso le atribuyó Teresa que solo se reunieran unas treinta personas, muchos punteros del intendente, algunos chicos que esperaban el chocolate caliente para después del acto y un par de curiosos, pese a que ella había recorrido los barrios e instituciones, invitando a vecinos y autoridades a tan importante evento. Alta (altísima), flaca (flaquísima), con un trajecito sastre negro con ribetes grises, camisa blanca (blanquísima) y guantes negros, con los pies doloridos por esos zapatos acharolados que   se había comprado, la melena bien peinada en la peluquería de Toti, erguida   al lado del intendente Mario Beltrán ( de cara sudada y grasosa y con los botones del saco a punto de reventar), Teresa Cáneva escuchó la bendición del párroco y el discurso del intendente sin emocionarse, rogando que no se le escaparan las lágrimas y le sacaran la foto hecha un desastre. Había por fin llegado el ansiado momento. El día antes de la fiesta del pueblo fue el acordado par

MUCHA RISA Amanda Vilanova

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La cosa empezó como a las diez. Antes de eso ella estaba tranquila, viendo la telenovela. El encuentro entre los protagonistas esa noche fue particularmente candente. Se miraron de lejos, se rozaron los dedos y ella pensaba en el momento en que eventualmente se besarían, aunque faltaban semanas para eso, claro. Se los imaginaba segundos antes con los labios de las dos estrellas casi rozándose. El protagonista, Joaquín Santos, sería el que ocasionaría el encuentro final; su insistencia les regalaría un final feliz. La música la había poseído ya. Hasta había olvidado el tono verde neón de su vestido corto; el spandex que la cubría de hombro a medio muslo y que si zarandeaba demasiado podía mostrar asuntos que ella, usualmente, no estaba dispuesta a enseñar del todo. Quería enseñar un poco, vamos, pero no todo. Horas antes, al vestirse con sus dos amigas se había imaginado el momento en que algún machito le dijera “¿Y por qué te pones un traje con un hueco bajo los senos si no quieres