CAFÉ INTENSO Javier García Duran

Aunque apenas medio metro separaba a ambos en aquel antipático despacho, sólo se miraban por el rabillo del ojo. Muy de vez en cuando uno de los dos tosía tímidamente, como para aclararse la garganta, pero al final ninguno decía nada. Permanecían sentados, en silencio e inmóviles. Cada uno en una silla, a un lado de la mesa. Al otro se sentaba el abogado, también callado y con la cabeza gacha mirando un tocho de aburridos papeles grapados. Sólo la levantaba para mirar de vez en cuando su taza de café, al que le daba vueltas con una cucharilla para enfriarlo y disolver un azucarillo. Al menos tenían el consuelo de que no eran plenamente responsables de aquella ruptura. Él tenía una hermana. Ella tenía un hermano. Y cuando éstos irrumpieron en la vida de la pareja, su relación se derrumbó trágicamente como un castillo de arena en la playa que los hermanos siniestros habían derribado. Realmente, pensó en ese momento él sin evitar que una sonrisa amarga se dibujara en su boca, esa fu...