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MERECUMBÉ Patricia Cardona

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Esos hombres sobrados de pases, como  aquel del recuerdo de mi adolescencia que parecí a ser un due ñ o-de-tu-vida . Esa raza indómita de hombres Marlboro en amaneceres   nublados con vacas bramando y enormes praderas que adivinamos verdes. Hombres que sabían que lo eran porque así los vistieron desde niños, esos que van aprendiendo con los años y a golpes, esos que la televisión nos mostraba como ejemplo, y los   que todas las chicas queríamos conocer. Éramos una mayorí a buscando identidad, libertad . Tiempos adolescentes de fiesta en   las tardes con refresco y jugos incluidos. Tardes llenas   de música, perfumes, empanadas bailables y cintas de colores con vestidos coquetos pero no demasiado. En aquellas tardes de empanada bailable nosotras, las chicas, nos sentábamos a un lado del salón agrupadas para disimular la timidez y el miedo. Todas parecíamos una, no tanto por la cara de inseguridad como por la ropa que vestíamos, los mismos modelos del...

LACTANCIA Diana Huarte

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Comencé a besarla y la desnudé despacio. Le había comprado un corpiño con dos agujeros que dejaban las tetas al descubierto, nunca lo había usado, pero esta vez lo sacó del cajón donde guardaba la ropa interior y se lo colocó lentamente mirándose en el espejo de la habitación. Se puso en cuatro patas, sus tetas colgaban como las de una vaca y comenzó a arrastrar los pezones por el piso de un lado a otro, sabía que esto me volvía loco y lo estaba haciendo para mí. Me acosté debajo de ella, la espalda en el piso, sus tetas de vaca en mi boca. Comencé a chupar la poca leche que todavía quedaba, pero al levantarla del piso y penetrarla sentí que sus movimientos pélvicos no eran los mismos de siempre. Eran más mecánicos y regulares. Pensé que se debía a que hacía muchos meses no teníamos relaciones, pero al mirarla, comprendí que ella no estaba allí conmigo, que nunca sería capaz de perdonarme el dolor del que había decidido hacerme culpable, que ese dolor había ganado la batalla sobre...

LAS AMIGAS Diana Huarte

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Había llovido toda la tarde y Alejandra pensó que nunca tenía suerte organizando comidas en el balcón terraza. Parte del espacio estaba techado   sí, pero si llovía fuerte todo se iba a la mierda como pasó el año pasado cuando cayó ese chaparrón inesperado y tuvieron que entrar tan rápido que rompieron dos copas de cristal Riedel. “Seguro que   a los maridos de ellas no les importó, porque son tan brutos que les da lo mismo tomar en una copa Riedel que en vaso de plástico” Pero así eran los maridos que sus amigas habían elegido. Grasas con plata. Sonó el timbre, eran Aurelia y Mario. Ella abrió la puerta y los hizo entrar. -Siéntense chicos. Mario se sacó la campera de cuero marrón y la arrojó en el sofá. -Dámela, que la llevo a la habitación- dijo Alejandra. Le reventaba que el tipo ni bien llegara empezara a tirar sus porquerías en cualquier parte. Alejandra se dirigió a Aurelia. -Nena, ¿por qué no vas a la cocina y descorchás una botella de champagne? Pus...

LA IMPORTANCIA DEL NOMBRE Andrés Tacsir

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No se me ocurrió cuando lo vi irse lentamente. Ni se me pasó por la cabeza en ese momento. Se marchaba hacia el centro de la ciudad por una de esas calles que terminan en la costa. Tal vez era Rúa do Carral o Rúa García Olloqui. No conocía mucho la ciudad, pero me dijo que en un rato estaría en su casa. Que no estaba muy lejos. Y que además de ahorrar en el transporte, caminar le hacía bien. Para el cuerpo y el alma, me dijo. Era una pena, me dijo, que tuviera que irse; se quedaría más si hubiera podido pero tenía que cenar con ella -Hoy nos toca Telepizza y después Legally Blonde. Los jueves son las noches de Lore. Lo miré caminar de espaldas al mar. Al irse noté su andar fatigado. No era viejo, no para nada: Dani tenía recién 40, algún que otro año, pero no más. Tenía solo tres más que yo, pero se le notaba solo viéndolo que había algo que no había funcionado. Al verlo mezclarse entre la gente, ya a más de doscientos metros, supe que nunca más lo vería. Él se quedaría ac...

EL OTRO LADO DEL ESPEJO Diana Huarte

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Habían pasado muchos años pero lo reconoció entre la gente. La cara angulosa mostraba dos pómulos que se hundían ahogándose en el hermetismo de unos labios que dibujaban una mueca siniestra. Lo vio moverse, caminar desde la mesa en que estaba e ir hacia el servicio de hombres. Seguía conservando el mismo porte delgado, elegante y ágil. Sólo los cabellos se habían vuelto totalmente blancos y las arrugas se habían hecho más profundas, como las marcas en el tronco de un árbol. Él no la vio. Ella estaba en la parte reservada del restaurante al que acudía siempre cuando no quería ser molestada por fotógrafos o admiradores, pero desde la cual podía ver ciertas partes del lugar sin ser vista, y aquél jueves de mayo, cuando giró su cuerpo hacia la derecha para buscar el celular en la cartera lo vio, y no dudó por un instante en que era él, el hombre que había destrozado su vida. Pagó la cuenta y se dirigió a la puerta trasera del restaurante por donde salió sin ser vista. Cam...