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LA PAJARITA Claudia Lozano

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Lola   estaba sentada en una mesa frente a la Pajarita, haciendo un esfuerzo sobrehumano para   disimular el tremendo asco y repulsión que le invadieron cuando la mano sucia y maloliente de aquella mujer le puso un pedazo del huevo cocido en la boca, que masticó lentamente haciendo un esfuerzo sobrehumano para no vomitar, mientras la Pajarita la miraba con sus pequeños ojos y una sonrisa de tres dientes tan enigmática como de la Mona   Lisa. Al huevo le siguieron dos cucharadas de algo viscoso, de color rojo intenso y sin sabor alguno que Lola tragó de golpe, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas, al tiempo que le iba invadiendo una   sensación de miseria y desamparo que nunca antes había experimentado. Hacía casi dos años que había conocido a La Pajarita, una mujer menuda que parecía una bolsita de huesos ambulante cuando   caminaba   por los pasillos y   jardines de   aquel lugar con sus pasitos cortos y rápidos , llevando y ...

LA MADUREZ A PRINCIPIOS DE SIGLO José L. Gutiérrez Trueba

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Marcia y Alejandra No había aún acabado de escribir el mensaje cuando ya le estaba llamando por teléfono, y era algo que odiaba en exceso. Si se escribe se escribe, y si se habla se habla, aunque claro, quien no se muere de ganas por escuchar las pamplinas de Marcia. Tomó las dos pastillas grandes quema grasas antes de coger el teléfono, costaba mucho tragarlas sin agua - Aleeeee, Alegaitor, cocodrilaaa mi amor, ¿has visto lo que acaba de decir esa amargada? –dijo Marcia como tarjeta de presentación - Escribir, Marcia. Escribir - Pero cómo se puede ser tan perra - Guau guau guauuuu –ladró Alejandra mientras veía el tráfico de la Castellana por la ventana de su despacho - Oye, que yo la quiero mucho ¿eh? No vayas ahora a irle con el cuento - Cree el ladrón que todos son… - Pero es una perra mentirosa –dijo Marcia interrumpiendo a Alejandra - Vamos a ver, -con una voz cargada de paciencia- ¿y por qué esta vez? - ¿Tú te crees que no haya adelgazado nada en 3 semanas? Esa foto...

OTRA HISTORIA Denisse Vargas Bolaño

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El dinero que tenía apenas me alcanzó para alquilar un bote rústico que no se parece en nada al que  imaginé en las interminables semanas que antecedieron a este día.  Me levanté más tarde que de costumbre y me sorprende haber dormido tan bien, precisamente hoy.  Son las 9.10 de la mañana y estoy preparando el desayuno.  Ayer compré sólo lo que ecesitaba, si hay algo  que nunca me gustó es desperdiciar la comida. Supongo que tiene que ver con mi origen de clase media  apretada. Pero esa es otra historia. O quizás esa sea precisamente la raíz de todo lo que me ha conducido  hasta aquí, de mi inutilidad para trascender los límites de mi propia sombra . Ahora volvamos a este momento. Sobre la mesa dos huevos pasados por agua, una palta, tomate,  pan y una taza de café con leche de verdad, no el agua con sabor a pegamento diluido que te  venden en el supermercado. Pero esa también es otra historia. Es difícil imaginar si querrás saber más ...

OJO POR OJO Claudia Lozano

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Era casi medio día, Pedro abrió desmesuradamente los ojos cuando terminó de checar en su computadora el billete de lotería. Le pareció increíble. ¡Los seis números de su boleto coincidían con los números ganadores! Lo invadieron una felicidad y una emoción indescriptibles. Pensó que quizá, a pesar de su estupidez aún podría salvar su matrimonio. En ese momento, sintió que su corazón empezaba una carrera loca dentro de su pecho cuyo martilleo sintió en la sienes . Se reclinó en su silla sintiendo un dolor agudo cuya desgarradora ruta iba desde su mano izquierda inundándole el pecho y el cuello, rematando en la base de su cabeza. En las dos últimas semanas prácticamente no había podido comer ni dormir bien, desde el día en que él mismo había puesto su vida del revés con aquella maldita apuesta. Dos semanas en las que había tenido que ser padre y madre de su hijo,   Jesús, quien no había parado de preguntar por su madre. Ya durante ese tiempo, Pedro había sentido en repet...

EL RAYO DE LAS PAMPAS Santiago Peluffo Soneyra

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Tu vieja había muerto dos días atrás. Tan de repente, que apenas llegaste a tomar el avión de la medianoche para estar la tarde siguiente en tu pampa querida. Después de diez años. El cuarto estaba igual que cuando eras adolescente: los posters descoloridos de los grandes atletas en las paredes y en la repisa junto al escritorio, tus medallas y trofeos. Enseguida, tu cabeza se llenó de instantáneas de esa figura corta y desgarbada corriendo más rápido que ninguno por las pampas desoladas, alentado siempre por tu vieja. Los recuerdos se combinaban con un dolor profundo e ingobernable, que se esparcía por tu cuerpo como un virus, y el único anticuerpo posible en ese momento de incomprensión estaba en tus tobillos. Ni alcanzaste a cambiarte: de un tirón cruzaste el jardín, y sin darte cuenta ya habías llegado al río. De ahí al muelle, y del muelle al club de pescadores. Y seguiste corriendo. Eran vos y tu dolor, nadie más. Al pasar frente al club de pescadores notaste los cam...

ESPÓSITO Martín Belzunce

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Un rayo de luz se cuela por una pequeña grieta de una persiana cerrada en una habitación del barrio de Pompeya. Sobre la cama de la habitación yace Roberto con los ojos abiertos como si soñara despierto, no obstante la expresión de sus ojos nos dice que seguramente se encuentra en medio de una pesadilla. Si Roberto pudiera mirar por esa rendija en la persiana, vería como tres niños sentados en la vereda comparten una gaseosa, vería también el sol escalando el cielo celeste de Buenos Aires   y los gorriones inspeccionando el piso en busca de insectos o de alguna miga de pan. Uno de los niños tiene una pelota de fútbol entre sus piernas y con sus pies la mueve de un lado a otro, los tres ríen mientras disfrutan el sol de media mañana en la cara. Transpirados comentan los pormenores del fútbol matutino sobre el empedrado de la calle Fournier. Tal vez si Roberto levantara la persiana y viera esos niños riendo, el sol de la mañana reflejado en el empedrado y escuchara el canto de lo...

CUENTO DE AMOR NEGRO Ana Vidal

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Me siento un poco estúpida en medio del mar, en una lancha inmóvil al Oeste de la isla. A merced de la marea y de Alberto. El cielo es azul intenso y el sol abrasa sin piedad, como corresponde a estas latitudes víctimas de agujeros de ozono en esta época del año. Perdí de vista a Alberto, el esfuerzo por mirar a lo lejos me cansa y seguir parada no tiene sentido. Busco una sombra escasa donde recostarme, siento la piel tirante y la boca seca. La botella de agua está en la popa y no tengo ánimo para ir a buscarla. Seguro que zozobraría y junto conmigo la lancha, el bolso, la relación con Alberto y todo lo demás. Logro dormir cerca de media hora. Cuando despierto, estoy empapada en sudor y la luz apenas me permite entreabrir los ojos. Alberto todavía no ha regresado de nadar. Sobre la borda veo una línea fucsia en el horizonte y todo lo demás es océano azul infinito. Me doy vuelta y lo único que veo es una línea fucsia en el horizonte y todo lo demás es océano azul infinito. Giro la...