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A QUIEN CORRESPONDA Carmen Almenara

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  El silencio sencillo y tranquilo de la noche aguarda paciente hasta la llegada de una nueva y   diferente mañana, acaso demasiado diferente. Poco a poco, la luz va ganando a la oscuridad y los rayos del sol despuntan tras los tejados de las casas colindantes adornados por gotas de rocío y oro. En la habitación, acogedora y aún templada, la alarma del despertador, tan estridente y extravagante como de costumbre, rompe con agonía la placidez de la penumbra del dormitorio dando lugar a un nuevo día, tan nuevo como todos los demás, tan diferente y tan similar como todos los demás. Los rayos del sol se cuelan por las rendijas del ventanal y se posan lentamente sobre las sábanas deformadas. El torrente de luz avanza imparable y se proyecta en el espejo de marco dorado del fondo creando un universo de luz. En la esquina bajo la ventana, la máquina de escribir Olivetti Lettera 35 de los años setenta, reposa tranquila sobre la superficie de madera barnizada. Conserva una página ...

LA VENTANA Carmen Almenara

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  El vaho es como una niebla espesa, un velo turbio que poco a poco se va haciendo más y más denso impidiéndonos ver más allá. Pero existe una pequeña y simple diferencia, la niebla está en lo que podría llamarse el exterior mientras que el vaho se encuentra solo en el interior. Aquí sentada como tantas otras tardes, la casa en calma, miro a la ventana que, algo emborronada, muestra la visión del exterior. Las luces titilantes y aceleradas de lo que presupongo serán los coches que pasan sin cesar. El vaho de la soledad y el hastío se va condensando dificultando más y más la visión del exterior. Es la tarde de un domingo oscuro de invierno, hace frío afuera, lo sé por la condensación en mis cristales. O quizá mi casa está demasiado cerrada, definitivamente hay demasiado vaho. Me pregunto ¿quién andará conduciendo un domingo a estas horas? Gente, seguro, que va de vuelta de visitar a la familia en ese baile semanal de rigor con la más fea. Las visitas a la familia siempre me ha...

CÓMO CONTAR MI HISTORIA Patricia Terraza

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  Nunca sentí el “abismo de la hoja en blanco”. Nunca, claro, porque siempre escribí contando historias de otros o inventándolas. Pero ahora que quiero contar mi propia historia se me hace verdaderamente difícil encontrar el comienzo. Según mi profesor del taller literario, un cuento tiene que tener al inicio un amarre, un enganche que suscite en el lector las ganas de saber qué fue lo que pasó a partir de que mordió el anzuelo. Entonces empiezo mí historia diciendo: El murió una mañana. Y aún no sabemos por qué. Pero claro, si empiezo así, quedará deslucida nuestra historia de amor pues ya todos sabrán desde el inicio, que fue una historia inconclusa o la leerán sin alegría y sin disfrute sabiendo que tuvo un final tan tremebundo. Quizá lo mejor es que empiece contando por orden cronológico, desde el primer momento en que nos vimos, cómo vivimos ese amor y cuándo se terminó. Porque se terminó antes de que la muerte apareciera. Después se reinició y al final sí, se term...

MEMORIAS María Victoria Cristancho

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  Timoteo se había adelantado a la cita. Sabía que a Nubia le reventaba llegar primera. Por la mañana, antes de irse a trabajar, cuando ella todavía dormía, le había dejado la nota en su mesita de noche. Y no quería que este encuentro, que él había decidido -con dolor- que fuera su última vez, se empañara con una nimiedad como la de llegar tarde. “¡Qué ironía, tener que pedirle una cita a la mujer con la que se ha vivido por veinticinco años y con la que se comparten tres hijos y dos nietos!”, se dijo para sus adentros mientras preparaba la escena.  Quería que al menos esa ocasión fuese perfecta. Así que buscó la pila de leña seca, que estaba en el cobertizo. Escogió los trozos más robustos para garantizar una buena fogata. Ya en la chimenea usó el iniciador y, sin mucho esfuerzo, las primeras llamas comenzaron a abrazar la madera.  Nubia llegó a la hora señalada, 8pm, ni antes ni después .  Esa certeza sobre esta mujer de vivos ojos negros que brillaban a la l...

LA HERENCIA Patricia Terraza

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  Llovía esa tarde, y a eso le atribuyó Teresa que solo se reunieran unas treinta personas, muchos punteros del intendente, algunos chicos que esperaban el chocolate caliente para después del acto y un par de curiosos, pese a que ella había recorrido los barrios e instituciones, invitando a vecinos y autoridades a tan importante evento. Alta (altísima), flaca (flaquísima), con un trajecito sastre negro con ribetes grises, camisa blanca (blanquísima) y guantes negros, con los pies doloridos por esos zapatos acharolados que   se había comprado, la melena bien peinada en la peluquería de Toti, erguida   al lado del intendente Mario Beltrán ( de cara sudada y grasosa y con los botones del saco a punto de reventar), Teresa Cáneva escuchó la bendición del párroco y el discurso del intendente sin emocionarse, rogando que no se le escaparan las lágrimas y le sacaran la foto hecha un desastre. Había por fin llegado el ansiado momento. El día antes de la fiesta del pueblo fue e...